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Charla con los padres del joven militante.
El semanario del Partido Comunista, Nuestra Propuesta, mantuvo una conversación  personal con Iris y Floreal, padres del Negrito, para recopilar los datos de una historia a la vez truculenta y heroica.

 

A una semana de que comience la etapa crucial del proceso legal que investiga la muerte de Floreal Negrito Avellaneda, de quince años de edad, mantuvimos con sus padres una larga y distendida charla, en la que fueron presentados pormenores y grandes líneas de un caso que aún hoy, a 33 años de haber ocurrido, hiela la sangre. Será, además, porque la falta de justicia sobre los horrores enumerados no permite que el hecho deje de ocurrir.

 

Los padres del Negrito recibieron a Nuestra Propuesta en su casa de Villa Tessei, en la que se nota la presencia del joven en cada rincón, manifestada en retratos y la memoria pertinaz de sus padres, quienes nunca van a olvidar. Habiéndonos convidado antes un vaso de vino, como se estila con quien se tiene confianza, Iris y Floreal Avellaneda, turnándose, nos contaron:

 

 

El operativo

 

El 15 de abril de 1976, una grupo paramilitar de tareas copó el domicilio en Munro de Floreal Avellaneda (padre), comunista, militante gremial de la empresa de autopartes Tensa. En esas circunstancias, Avellaneda pudo escapar de la casa, saltando el tapial hacia las casas vecinas, ello en respuesta al grito confundido y oportuno de su hermana, que decía: «escapate, porque son los de la Triple A». «Llegué a saltar y el Negrito quiso saltar atrás mío, cuando le dije que me alcanzara los zapatos; teníamos los dormitorios arriba y yo salté al techo de al lado, después el Negrito me tiró los zapatos y ahí uno de los militares, que estaba sobre una pila de caños de cloaca, enfrente, me vio y empezó a disparar. Entonces le dije al Negrito que se tirara cuerpo a tierra adentro del dormitorio. El lo hizo y yo pude salir», ilustra Floreal Avellaneda.

 

Luego de la fuga, quedaron en la casa Iris, el Negrito y las hermanas de Floreal, una de las cuales recomendó a su cuñada: «flaca, abriles porque nos van a volar la casa». razón por la cual Iris hizo lo propio y los animales entraron como lo que eran. «Ahí nos bajaron de los dormitorios a patadas y trompadas», nos dice Iris quien, asimismo, recuerda que «el Negrito estaba muy nervioso, quería prender un cigarrillo y de una trompada lo tiraron hasta abajo de la escalera caracol».

 

Cuando los pusieron a todos contra la pared, olvidándose por un momento de encapucharlos y vendarlos, Iris pudo ver (además de cómo desvalijaban la casa, robando y destruyendo) que «entraron muchos tipos, uno de ellos a cara descubierta» y señala que a este sus compañeros le llamaban Rolo, que parecía el jefe del operativo y que era «un tipo muy nervioso, una furia». Hoy Iris sabe que el tal Rolo se llama Miguel Angel Aneto, represor impune.

 

El operativo era un caos también para los criminales, ya que constantemente los cautivos podían reconocer ordenes y contraórdenes al respecto de «llevarse» al Negrito. Hasta que se escuchó la última: «al pibe, también». En ese momento llevaron a todos a la calle y los encapucharon, pero Iris recuerda el sonido de una cantidad importante de coches que frenaban estrepitosamente. Apoyada contra el capot de un automóvil, la mujer reconoció al Negrito a su lado cuando el muchacho le tomó la mano.

 

 

"Con los comunistas no se puede"

 

Destruida la casa y con Floreal huyendo, los represores subieron a Iris y al Negrito a un coche desconocido y se los llevaron de Munro. Los dejaron en un sitio al que Iris, encapuchada, reconoció por una voz que atendió el teléfono: «comisaría de Villa Martelli, buenas noches». Allí estaba Miguel Angel Aneto, aprestándose para la sesión de tortura que prodigaría a los dos infortunados. En la seccional policial pusieron a Iris sobre una cama de flejes, la mojaron y le aplicaron descargas de picana eléctrica en la boca, las axilas, el pecho y los órganos genitales.

 

«Al Negrito le debieron hacer lo mismo, por la forma en que gritaba, aunque tenían la radio a todo lo que daba», recuerda la mujer y añade que «la tortura mía fue preguntando por mi marido constantemente». Durante el martirio a Iris le acercaron a su hijo, quien le pidió que dijera que su padre había escapado. Fue la última vez que lo vio.

 

Iris, luego de la sesión de picana, fue tirada en el asiento trasero de un automóvil y trasladada al «campito», donde también se encontraba Rolo Anetto. Pudo reconocer que había muchas prisioneras consigo cuando pedía ir al baño (siempre estaba encapuchada y maniatada) y los represores la hacían caminar paso a paso, indicándole cuándo levantar o bajar las piernas, seguramente con el insólito cuidado de que la prisionera no pisara a otras.

 

Una vez que le desataron las manos para ir al baño, se levantó sigilosamente la capucha maloliente y distinguió por la ventana un número importante y ordenado de «cuchas» de perro y grandes edificios de tejas: Campo de Mayo. Otra vez que tuvo necesidad de ir al baño, le hicieron gritar «¡viva Hitler!». Descompuesta del intestino, Iris gritó, pero muy despacio. Entonces, una voz litoraleña le espetó: «bueno, te irás a cagar encima». «No me quedaba otra», comenta la madre del Negrito.

 

Hartos de que la tortura y los maltratos no rindieran los frutos que buscaban, los asesinos llevaron a Iris a su simulacro de fusilamiento. Cuando la depositaron en un lugar con tierra removida, a gritos y patadas le ordenaron que pidiera tres deseos. Ella, por toda respuesta, preguntó: «¿qué hicieron con mi hijo?». Contestó uno: «no preguntes más, que ya lo reventamos». Y vino otro empujón y al piso. Luego, el mismo represor, la levantó del brazo, la llevó en el aire y la tiró en el colchón. Antes de dejarla, el criminal le dijo: «con los comunistas no se puede». Iris memoriza la voz de este represor y lo identifica como «uno que andaba siempre con la fusta en la mano».

 

Después de unos quince días «desaparecida» en Campo de Mayo, Iris fue trasladada al penal de Olmos. Aquí permaneció privada, sin causa, de su libertad, desde el 30 de abril, hasta el 11 de noviembre de 1976, fecha en que fue trasladada al penal de Villa Devoto, del que salió en libertad en julio de 1978, reencontrándose recién en esta fecha con su esposo Floreal.

 

Idas y venidas de Floreal

 

Floreal pudo escapar del grupo de tareas huyendo de su casa por los tapiales y patios vecinos, mientras la manzana, allanada en su totalidad, era vigilada por dos autos que iban y venían. «Llegué a salir por arriba de los techos y pasé a la manzana de enfrente, de ahí a una tercera calle y, de ahí, pude ir a la casa de un compañero», rememora Avellaneda.

 

Mientras él estaba escondido en la zona de Grand Bourg, una de sus hermanas recibió en su casa un anónimo conteniendo fotocopias de los registros de Campo de Mayo que acreditaban que allí se había ordenado el operativo que terminó con el secuestro de Iris y el Negrito. El firmante de estos documentos, en circunstancias del juicio que aún se lleva, desconoció su rúbrica, por «borrosa», donde claramente dice Raúl H. Harsich, o sea: él.
Floreal comenta que su hermana llevó rápidamente estas copias al abogado Julio Viaggio, quien tomó varias fotocopias de los documentos en que figuraban los nombres de quienes habían perpetrado y dirigido el operativo. «Esa prueba se presentó cuando se hizo el juicio de la Conadep», resalta Avellaneda y recapitula inmediatamente: «con Iris me reencontré recién en el 78, después del mundial». Luego agrega: «fuimos a la Cámara de Apelaciones de La Plata y Viaggio, que era un baluarte extraordinario, cuando hizo la argumentación del caso nuestro, la gente empezó a aplaudir. Los jueces, desesperados, se levantaron de la mesa diciendo que en la sala no se podía hacer eso» y ríe del hecho.

 

También fue mientras Floreal estuvo escondido en Grand Bourg que se enteró, por un diario, que el día 14 de mayo (fecha en que el Negrito hubiera cumplido dieciseis años) había aparecido un cadáver en las costas del Río de la Plata. Sin embargo, el artículo revelaba que el cuerpo era de una persona de unos treinta años y de contextura fuerte. Viaggio, no obstante, pidió las huellas dactiloscópicas. «Yo agarré una camioneta y salimos, casualmente agarramos un operativo en San Fernando y pudimos zafarlo», comenta Floreal, quien asimismo recuerda unas fotos del cadáver realizadas por un periodista «sueco u holandés», en las que se distingue un tatuaje con forma de corazón, similar al que el Negrito se había hecho, «igual al tatuaje de su padre».

 

Las autoridades uruguayas, en su momento, exigieron seis mil dólares para efectivizar la repatriación del cuerpo, cifra que Floreal, obrero metalúrgico, no estaba en condiciones de pagar, razón por la que se acercó personalmente al Cementerio Norte de Montevideo sólo para comprobar que el cuerpo no estaba y que había otro cadáver en el nicho. A esto, su esposa comenta: «no tenemos nada», rematando luego Floreal: «ahora los jueces que tienen la causa uruguaya se declararon incompetentes así que tendremos que ir de vuelta».

 

El Negrito

 

Floreal Negrito Avellaneda había nacido el 14 de mayo de 1960, hijo de Iris Pereira y Floreal Avellaneda, ambos militantes comunistas. Fue secuestrado de su casa, mediante un brutal operativo paramilitar, el 15 de abril de 1976. Tenía quince años de edad y su cadáver maniatado fue hallado en aguas uruguayas del Río de la Plata. Había sido torturado y un empalamiento le ocasionó la muerte.

 

Dice de él su padre: «En casa se reunía toda la gente de la juventud, la Fede, y el Negrito vivió y bebió todo eso. Desde muy pequeño trabajaba con los chicos de la Fede. Hacía clisés tallados en madera, con la cara de Allende y del Che, para imprimir en papeles. Fue un luchador desde chico y había creado conciencia. Conocía a muchos en las tareas mías, pero él no delató a nadie. Tenía ya un convencimiento y una firmeza...».

 

A lo largo del juicio, que llega a su etapa crucial, sus asesinos han querido sindicar que el Negrito estuvo prisionero en la Esma. Pero esta es una manera de alejar de responsabilidades a los jefes de Campo de Mayo durante la dictadura, entre los que se encuentra Santiago Omar Rivero, uno de los mentores de la represión de Estado en Argentina, quien fuera representante del Ejército Argentino en la Escuela de las Américas y quien impartía al propio Videla las órdenes emitidas por este siniestro organismo imperialista. Sobre el monumental centro clandestino de detención que funcionó en Campo de Mayo, por el que pasaron más de cinco mil presos políticos, no se ha emitido aún ni una sola condena judicial.

 

Por los horrores antes dichos, por la justicia, por los 33 años de lucha desde la muerte del Negrito, los padres piden a los compañeros comunistas, a los organismos de derechos humanos y a quien quiera hacerse presente, que los acompañen el 27 de abril y días sucesivos en los Tribunales de San Martín, en la calle Ricardo Balbín, 1753. El juicio comienza el día 27 a las 9 de la mañana.

 
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